El mundo es urbano. Más de 4.200 millones de personas, el 60% de la población mundial, vivimos en grandes ciudades. Lo hacemos atraídos por la esperanza de una vida mejor, con más trabajo y más oportunidades, pero también temerosos de las amenazas crecientes para nuestra calidad de vida que implica su ritmo frenético, el estrés de tráfico y desplazamientos, la polución y la congestión demográfica y una vida laboral intensa a conciliar afanosamente con nuestro entorno personal.
Uno de los conceptos que contribuyen a mejorar nuestra vida logrando el trinomio sostenibilidad medioambiental, calidad de vida e innovación como motor económico en las grandes ciudades, es el Smart Work. Este epígono derivado del más amplio Smart Cities, o Smart Society, supone la utilización de tecnologías de información y comunicación para una gestión inteligente del trabajo que aporte mayores rendimientos productivos, sociales y medioambientales.
Trabajo inteligente, supone hoy incorporar en el management de las organizaciones y de las personas, las dimensiones positivas que la revolución TIC ha implicado: movilidad y ubicuidad, comunicación permanente, conectividad, teletrabajo, acceso global y constante al conocimiento, networking, viralidad, gestión flexible de nuestro propio tiempo, posibilidad de aprovechar todo el caudal de inteligencia social y gestión de ideas y servicios, más que de recursos, en una economía digital.
Los medios están ya al alcance de todos: según Ericsson 1.000 millones de personas en el mundo tienen acceso a banda ancha móvil. Hoy Smart phones, dispositivos móviles y tablets o portátiles conectados a través de banda ancha o redes ultrarápidas, permiten gestionar ágilmente servicios y contenidos digitales integrados, transferirlos en tiempo real con sistemas de voz y datos, correo electrónico o redes sociales, compartirlos con sharepoints, video conferencia gratuita o centros virtuales de conocimiento, cogestionarlos con servicios colaborativos en red o de participación múltiple, ubicarlos con sistemas georeferenciados o explotar su información con aplicaciones de Bussines intelligence.

Pero ¿estamos aprovechando realmente todo ese caudal de valor? ¿Cómo trabajar Smart? ¿Cómo conseguir que el trabajo inteligente mejore nuestra vida y beneficie a las organizaciones y empresas con las que trabajamos?
1. En primer lugar es necesario asumir el cambio de paradigma que facilita la tecnología en la economía digital, el entorno laboral y las organizaciones, reestructurándolas y contribuyendo a definir de forma más eficiente el ciclo de generación de productos y servicios y su valor en el mercado. Las tecnologías son un factor de incremento de competitividad que mejora recursos y procesos pero también requiere habilidades distintas y complejas como discriminar el exceso de información o cuidar la presencia virtual. Smart Work = tecnología + nuevos procesos.
2. En segundo lugar es necesario aprovechar las oportunidades de la economía del conocimiento : Nuevas relaciones laborales, más flexibilidad e interconexión en redes de las organizaciones y de las personas dentro de ellas o creación de entornos colaborativos que sirvan para gestionar talento y conocimiento, aprovechando todo el caudal de inteligencia social. Smart Work = colaboración + conocimiento en red.
3. La oportunidad más importante que supone el Smart Work, surge de los cambios de modelos de gestión o management, como el cambio del modelo de presencia al de eficiencia. La cultura de aportación de horas de trabajo debe sustituirse por la de cumplimiento de objetivos claros y medibles. La conciencia de productividad y eficiencia debe calar en trabajadores y organizaciones a través de la orientación a resultados. Ello exigirá capacidad de autoprogramación, gestión eficiente del tiempo, y elección de TIC que mejoren el valor añadido de nuestro trabajo, así como herramientas de reporte de teletrabajo, sincronización de agendas, trabajo en grupo, gestión documental compartida etc… Smart Work = autogestión eficiente + cultura de objetivos.
Con todo, el discurso choca con la realidad: salvando excepciones somos aún un país rígido y presentista. Frente al discurso novedoso, las estructuras tradicionales de management persisten: la realidad estadística delata que en España sólo teletrabaja el 8% de la población laboral, frente al 17% de países como Finlandia o el 15% en EEUU, sólo un 11% de trabajadores tiene un contrato a tiempo parcial o con jornadas flexibles o reducidas, la aplicación de medidas de flexibilidad horaria o a la carta como medida de conciliación o de motivación es aún muy escasa y estamos entre los países de la OCDE con menor movilidad laboral y geográfica de profesionales. Y ello a pesar de las ventajas asociadas a la flexibilidad o el teletrabajo, como ahorro energético, costes de estructura, adaptación de costes a producción, motivación coste 0, u otras sociales y personales como mejora medioambiental, conciliación personal y familiar, ahorro de tiempos etc..Todo ello compone un escenario en que ni el tejido productivo ni los profesionales acaban de dar el salto de la economía industrial a la del conocimiento.
España y la UE afrontan retos de incremento de productividad que nos obligan a definirnos para mejorar el ratio de la ecuación tiempo de trabajo/ resultado obtenido. Si queremos saldar esa ecuación con un mayor valor de nuestro trabajo, la crisis económica nos obligará a trabajar más Smart: empresas y profesionales deberemos innovar y reinventarnos para trabajar de forma más productiva, flexible, versátil, innovadora, móvil, en red, y convirtiendo el conocimiento en valor. Trabajar Smart es una oportunidad de crecer y avanzar.
Ana Morilla, Gerente de Políticas Públicas de Altran